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Cuando tenía 13 años comencé a hacer dieta y ayunar. Muchos de mis problemas se centraban en mis senos y escuché que odiar tus senos te volvía trans, así que investigué un poco y decidí que era FTM.

A medida que mi trastorno alimenticio empeoraba progresivamente, comencé a cortarme a mi misma, por lo que mis padres me pusieron en terapia. Les dije a mis padres, amigos y terapeuta que era trans porque pensé que esa era la razón por la que me odiaba. Mis amigos y la terapeuta estuvieron de acuerdo. Mi mamá no lo estuvo.

Los médicos vieron mi peso poco saludable, pero pensaron que era más urgente para mí hacer la transición. A la edad de 15 años, conseguí una reunión con la terapeuta de género. La terapeuta dijo que cuando tuviera 16 años podría empezar con hormonas.

Mi mamá le preguntó a la especialista por qué no era una preocupación verme muriendome de hambre. Ella dijo que muchos niños trans lo hacen antes de la transición. Mi mamá me preguntó si sabía de algún efecto secundario de la TRH. Los busqué. La TRH te hace subir de peso. Eso me aterrorizó.

Mi mamá me dijo que no me administraría hormonas y me sentí aliviada. Esto me envió en una espiral y lentamente todo se vino abajo.

Todavía estaba anoréxica, pero la detransición me permitió lidiar con eso. Estoy agradecida de no haber tomado hormonas, pero todavía siento la secuela de mi transición social hasta el día de hoy.

Ser trans hizo que la gente afirmara y permitiera que mi trastorno alimentario dañara mi mente y mi cuerpo bajo la apariencia de apoyo y eso me afecta de vez en cuando. Pero estoy bastante feliz y tengo gente que me quiere, así que creo que estaré bien.


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