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Lo más cercano que tuve - Testimonio de Andy

Cuando tenía 14 o por así, aprendí sobre la existencia de las experiencias transgérno. Inicialmente pensé “no, claro que no puedo ser yo, después de todo, me gustaban las cosas de niñas en mi infancia, así que claramente soy una niña, cierto?”

Aunque continuamente me atraía la idea y terminé buscando más y más sobre ello. Personifique partes de mi misma en mi cabeza, a una de ellas lo nombré “Andrew”, el nombre que tendría si hubiese nacido varón.

Me puse un traje para el baile de bienvenida y me encontré más feliz de lo que esperaba de que alguien me confundiera con un chico antes de escuchar mi voz. Me sentía cada vez más atraída por ser visto como un hombre por razones que no podía identificar.

Se trataba menos de un odio innato hacia mi cuerpo o mi existencia femenina, sino un anhelo de algo más. Un sentimiento para el que no tenía nombre. Querer ser un hombre era la descripción más cercana que tenía para ello.

Recuerdo haber hecho cuestionarios online para saber si era trans. Recuerdo leer que “si te preguntas si eres trans o no, probablemente lo eres”. Recuerdo un centenar de validaciones online que me convencieron.

Se lo dije a mis padres cuando tenía 15 o 16. Sólo hacía cosas así si estaba 100% convencida. Y lo estaba. Estaba muy, muy convencida. Había recopilado evidencia en mi cabeza, experiencias de niña que confirmaban que siempre había sido un niño por dentro.

Cuando empecé con testosterona tenía 19. Cambié mi nombre legal poco tiempo después. Todo mi entorno lo sabía.

Cuando tenía 20, mi novio detransicionó, se convirtió en mi novia. Yo la apoyaba. Ella encontró su identidad como lesbiana. A través de ella me encontré con testimonios de más mujeres que detransicionaron. Leí sus experiencias. Y eso me destruyó.

Es un dolor que apenas recuerdo ahora, pero tengo escritos del pasado, de cuando desesperadamente trataba de procesar esto. Aferrandome a mi identidad, a la defensiva y dolida, insistiendo en que mi experiencia no se parecía en nada a la de ellas. No era yo, no lo era, no lo era, no podía ser yo. Tanta energía autodestructiva, todo girando en torno a la idea de que podría haberme equivocado.

Por supuesto que lo estaba. Admitirlo fue una de las cosas más angustiantes que tuve que hacer, no solo conmigo misma sino con los que me rodeaban. Nunca tuve ningún trauma sexual. No había sido víctima de algún tipo de misoginia en particular o de homofobia. Puedo señalar tal vez dos pequeños eventos distintos que incluso podrían haberlo sido.

Simplemente nunca tuve palabras para describirme a mi misma. Simplemente nunca tuve una comunidad. No había ninguna lesbiana cerca de mí para guiarme, hablar conmigo. Para ayudarme a reveer mi pasado, reveer mi relación con el mundo. La compleja existencia que conlleva ser una mujer homosexual. Nadie me dijo nada sobre eso. Por supuesto que pensaría que soy un hombre ¿qué otras palabras tenía para describirme?

Soy mujer, soy lesbiana. No por alguna sensación particular en mi pecho, no un deseo o una decisión. Simplemente es la verdad de mi existencia. Soy lesbiana, un caballero encantador en un cuerpo femenino, y mi cuerpo no necesita cambiar para albergarme feliz dentro de él.


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